Nuestros hijos vivirán menos que sus padres. Por Rosaura Leis

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La OMS considera la obesidad infantil como una prioridad en el Plan de Acción Mundial 2013-2020 para la prevención y control de las enfermedades crónicas no transmisibles (cardiovasculares, diabetes, cáncer...). El estudio Aladino (2015) estima en España una prevalencia de sobrepeso de alrededor del 22 % y de obesidad del 11 %, en niños de 6 a 10 años y en Galicia, desde 1979 hasta la actualidad, el problema prácticamente se ha multiplicado por tres. La obesidad es una enfermedad multifactorial, resultado de la interacción entre genes y ambiente. Para su desarrollo, además de la susceptibilidad genética, debe existir un ambiente favorecedor y los cambios socio-ambientales nos han llevado a estilos de vida, fundamentalmente alimentarios y de actividad física y sedentarismo, no saludables.
Estamos abandonando nuestras dietas tradicionales como la mediterránea y atlántica, esta última caracterizada por el consumo de alimentos de proximidad, abundancia de pescados, frutas y verduras, lácteos y aceite de oliva y con preparaciones culinarias sencillas que suponen poco aporte energético, como la cocción, el hervido o la plancha más que la fritura. Por el contrario, nuestros patrones alimentarios actuales se caracterizan por el aumento del consumo de alimentos ricos en energía, grasa saturada y trans, azúcares simples y añadidos y sal y pobres en omega-3. Por otro lado, se ha disminuido de forma importante la actividad física, especialmente la físico-deportiva y se ha incrementado el sedentarismo, fundamentalmente en relación con el ocio pasivo, ligado a las pantallas: televisión, Internet, videojuegos.
Todo ello conlleva un balance positivo crónico de energía, que acarrea un aumento de la grasa corporal, que va ligada a la presencia de otras muchas enfermedades ya desde la edad pediátrica, como la tensión arterial elevada, alteraciones de los lípidos en sangre (colesterol, triglicéridos), depósito de grasa en el hígado, deficiencias nutricionales tanto de hierro, como de calcio o de vitamina D relacionadas con la mala dieta, y alteraciones psicoemocionales, como depresión, fracaso escolar o baja autoestima. De seguir los datos como hasta ahora, probablemente por primera vez nuestros niños vayan a vivir menos que sus padres y que sus abuelos, pero sobre todo con peor calidad de vida.

Rosaura Leis es coordinadora de la Unidad de Nutrición Pediátrica del CHUS. Miembro del CiberObn. Profesora Pediatría USC.

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